miércoles, 23 de octubre de 2013

Que arda Madrid

Cuando Risk abrió los ojos, Irem estaba tumbada a su lado, con los ojos cerrados. Parecía dormir. El móvil de ella estaba tirado sobre las sábanas, y el chico estiró la mano para cogerlo, abriendo la galería, recordando de forma poco precisa la noche anterior. Las fotos de ambos, con poca ropa y besándose como si no hubiera mañana le hicieron sonreír de forma ladeada. De repente, la mano de Irem se alzó y le arrebató el móvil de la mano. Estaba ahora tumbada a su lado, pero boca abajo, y observaba las fotos con la misma sonrisa divertida que él. Cuando alzó la mirada, encontrándose con la de Risk, se mordió el labio inferior.

– Buenos días, chula. – Gruñó él, suavemente.
– Buenos días, loco. – Masculló ella. Quitó las sábanas de encima de su cuerpo, quedando únicamente en braguitas y con la camiseta de él, que estaba en ropa interior. Pasó una pierna por encima del cuerpo de Risk y quedó sentada encima suya, mirándole; apoyó después una mano a cada lado de él y le robó un beso, rápido.

Risk no tardó nada en pasar uno de sus brazos por la fina cintura de ella y aproximarla a él mientras la otra hacía presión en su nuca para poder besarla con más intensidad.
– Así sí son buenos días. – Susurró Irem, mordiéndole acto seguido el labio inferior y moviendo su cintura contra la de él. Lentamente fue deslizándose por su cuello, y bajando por su pecho desnudo, besándole casi con delicadeza las zonas marcadas por sus mordiscos anteriores.

– Loba...
– Y te encanta. – Contestó ella, sin darle tiempo a acabar siquiera la frase.

Cuando estuvo a la altura de su cintura miró hacia arriba para observar la mirada expectante de él. Con los dientes, sin quitarle el ojo de encima, tiró de la ropa interior de él, consiguiendo deshacerse de ella con algo de ayuda de las manos de él. Pasó, lentamente, la lengua desde la base hasta la punta de su miembro repetidas veces. Risk se mordió el labio inferior. Irem comenzó a lamer la punta, cada vez con creciente intensidad. Dibujando círculos con la lengua sobre el glande de él, empezó a masturbarle con cierta fuerza, excitada al oír que él comenzaba a jadear.

– Sigue... – Articulo él, con lo que Irem introdujo el miembro en su boca.

Comenzó a jugar con su lengua alrededor de él mientras succionaba con intensidad, aumentando la velocidad cada vez más. Risk apretó los dientes y echó la cabeza hacia detrás, poniendo los ojos en blanco. Hundió sus dedos en la cabellera rizada de Irem, recogiéndosela después. Con la respiración entrecortada y el miembro erecto en la boca de ella, apenas pudo jadear unas pocas palabras.

– Joder, Irem...

Ella comenzó a masturbarle con una mano mientras le miraba. Risk tardó unos segundos en comprender lo que quería, y nada más se puso el preservativo, ella se sentó sobre él y comenzó a moverse de arriba a abajo. En sus ojos podía leerse la lujuria, y el joven clavó sus dedos en las nalgas de ella mientras Irem se inclinaba hacia su cuello para mordérselo.

El ritmo era vertiginoso, y los cuerpos de ambos estaban cubiertos por una fina capa de sudor. Risk se incorporó y después hizo que Irem se tumbase, para embestirla, marcando él el ritmo, mientras Irem arañaba las sábanas, clavando sus dientes en el hombro de él para ahogar los gemidos.

Poco duró esa contención; ella, sin pudor alguno por los vecinos y por la hora que pudiese ser, comenzó a gemir, arqueando la espalda y enredando sus piernas alrededor de la cintura de él, llegando al orgasmo gritando su nombre. Él la embistió unas pocas veces más, hasta llegar al clímax, cayendo ambos de nuevo sobre la cama, uno junto al otro, exhaustos. Irem le robó un suave beso antes de dormirse otra vez.


lunes, 21 de octubre de 2013

Riesgo

Era por la mañana cuando ella llegó a las calles de Madrid. Había madrugado para estar ahí pronto, para aprovechar el día. Casi batiéndose en duelo con el alba, destacaba entre el gentío vestido de etiqueta y "de lunes" con su falda corta de colores claros, su blusa escotada y sus calcetines largos. No estuvo más de unos minutos esperando cuando una voz le susurró algo al oído que ella no logró entender. Con un giro rápido quedó frente a la otra persona. Una sonrisa ladeada apareció en la aniñada expresión de Irem, pícara. Risk pasó uno de sus brazos por la fina cintura de ella e Irem se puso de puntillas para morderle el labio antes de besarle con suavidad.

– Esta vez no te escapas. – Susurró, mirándole fijamente a los ojos, divertida. 
–  Vamos a mi casa. 

Un rato después.

Apenas podían contenerse. La formalidad de la conversación durante el trayecto en transporte público les había puesto a prueba. Estaban en la puerta del portal de la casa de él cuando Risk la agarró por la cintura nuevamente y bajó la mano contraria por sus desnudas piernas mientras se besaban frenéticamente. Cuando llegaron a la puerta del piso Irem se apoyó contra ella y subió una de sus piernas a la cadera de él, pegando ambos cuerpos con el deseo de desnudarse.

– Espera... – Susurró ella. Arrebatándole las llaves a él del bolsillo abrió la puerta. El bolso cayó al suelo nada más se cerró ésta. Los brazos de la chica pasaron por el cuello de él, teniendo que estirarse, y él, pasando las manos por sus piernas, la alzó, dejándola contra la pared del recibidor mientras buscaba sus labios. Irem volvió a mordérselos mientras frotaba ansiosamente su cintura contra la de él.

Risk comenzó a bajar por su cuello, mordiéndolo con fuerza, haciendo que ella ahogase gemidos, hasta llegar al borde de su blusa. La bajó al suelo y la desabrochó con inusual tranquilidad, mientras ella se acercaba, deshaciéndose de las botas y quedándose con los calcetines largos descalza sobre el suelo, pegando su cuerpo al de él. La blusa quedó a los pies de ambos, e Irem, con un movimiento rápido, alzó la camiseta de Risk hasta su pecho. Él levantó los brazos y ella tiró de la camiseta hasta quitársela. Volvieron a buscar sus labios mutuamente.

– Joder. – Susurró ella, sobre los de él. Risk pasó las manos por las curvas de su espalda y le indicó el camino, mientras la besaba. Cuando llegaron a su habitación, él volvió a levantarla en volandas, clavando sus dedos en los muslos de Irem, y la sentó sobre el escritorio. Las piernas de la chica se enredaron en la cintura de él, atrayéndole, y sus dientes fueron directos a su cuello, mordiendo con fuerza a la vez que notaba cómo él desabrochaba su sujetador.

Sus movimientos se aceleraron. Las manos de ambos se deslizaban por sus cuerpos mientras se buscaban. No tardaron mucho en estar desnudos. Él la miró a los ojos mientras ella movía su cintura suavemente en círculos. Ambos se encontraron, deteniéndose unos instantes; las miradas bañadas en lujuria y deseo. Ella se acercó a sus labios y le besó con suavidad, para terminar en un mordisco tras el cual estiró su labio inferior. Risk bajó sus dedos hacia el clítoris de Irem, comenzando a frotarlo mientras le sostenía la mirada. La chica soltó su labio inferior y echó la cabeza hacia atrás, estremeciéndose, mientras buscaba el miembro de él para comenzar a masturbarle con fuerza. 

Él apretó la mandíbula y se detuvo, estirando la mano para coger un preservativo. Irem se mordió el labio inferior a si misma mientras esperaba, y cuando él volvió a acercarse ella clavó sin previo aviso sus uñas en los hombros de él. Con la primera embestida, bajó las uñas hasta su cintura, cruzando toda su espalda con un gruñido emitido por su garganta, mientras sus piernas volvían a enredarse en la cintura de él. 

Los movimientos iban haciéndose más rápidos. Él bajó la mano por la espalda de ella y la agarró de las nalgas, levantándola de súbito, haciendo que los dedos de ella se clavasen en su cuello. La espalda de Irem chocó contra la pared y con un gemido suave ella apoyó las manos en los hombros de él y comenzó a moverse al compás, los ojos cerrados por el placer y la cabellera rizada, salvaje, comenzando a humedecerse por el sudor. 

Risk clavó los dientes en el cuello de ella, bajando después hacia sus pechos mientras Irem arqueaba la espalda, gimiendo cada vez de forma más escandalosa. Gemidos sensuales, prolongados y muchas veces entrecortados por la respiración acelerada de la joven. Volvieron a besarse y él, clavando sus dedos nuevamente en sus nalgas, la separó de la pared y la dejó caer sobre la cama, saliendo de ella unos segundos; los que tardó en tirar de él y sentarse encima, hambrienta de él cual loba. Apoyada en sus rodillas comenzó a moverse de arriba a abajo, mientras se inclinaba para clavar sus dientes en el cuello y los hombros de él con fuerza, tirando en cada mordisco. Se alzó para emitir un gemido más elevado tras un movimiento más profundo y lento guiado por sus manos. Volvieron a girar, quedando él encima, y con los dientes de él clavados en uno de sus pechos, arqueó la espalda, arañando con una mano las sábanas y con otra su espalda.

Un grito de placer cuando él frotó su clítoris a la vez que la embestía unas veces más. Gimió su nombre, abriendo los ojos, brillantes por el placer, para encontrarlos con los suyos, expectantes, observando su rostro. Él emitió un suave gemido y llegó al orgasmo, emitiendo un gruñido sordo. Frotó con más intensidad el clítoris de Irem, hasta que ella llegó también al clímax, quedándose unos instantes inmóvil bajo él, con la respiración acelerada y los ojos cerrados.

Madrid ardería aquel día.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Las ojeras de él y los rizos de ella.

Sus ojos brillaban con la tenue luz de las tres velas encendidas en un candelabro. La habitación estaba decorada en un estilo antiguo, vintage, que hacía que las ropas del joven destacasen. Ella, sin embargo, vestía una falda larga, blanca, y su pecho y abdomen estaban cubiertos por un corsé del mismo claro color. El muchacho, Pablo, se quitó con un movimiento brusco la sudadera. Después volvió a clavar sus ojos en los de ella. Aproximó sus manos hacia la fina cintura de la chica, haciendo que se acercase. Por los ojos color café de ella cruzó instantáneamente la sombra de una duda. Se disipó al ver cómo él alzaba una de las comisuras de sus labios, esbozando una media sonrisa. El reloj se ralentizó hasta el mismo instante en que sus labios se fundieron en un primer beso, tímido. Separaron un poco sus cuerpos tras aquel primer ósculo, con los ojos cerrados. Poco duró. El disco de vinilo que giraba en el tocadiscos antiguo puso la célebre canción de 'Sex on fire'.

Desenfreno. Los besos comenzaron a ser acelerados, como si fuese a acabarse el tiempo. Ella alzó una pierna para ponerla sobre las suyas, acercando su cuerpo todavía más. Las manos de él, ávidas y deseosas de notar la piel de Irem. Encontró la cinta que abrochaba el corsé y comenzó a desabrochárselo mientras sus labios se devoraban mutuamente. Pocos instantes pasaron hasta que la camiseta de Pablo estaba tirada en el suelo y el corsé pasaba por el mismo desprecio.

Separaron unos instantes sus bocas para mirarse a los ojos. En ambas miradas podía leerse la lujuria sin control. Felina, Irem le hizo tumbarse sobre la cama que desprendía un olor a ella. A la luz de las velas sus pechos, desnudos, constituían una innegable tentación. Los dedos de Pablo subieron desde su cintura, acariciando su abdomen, hacia ellos, con cierta fuerza. La fuerza de la tentación contenida. Irem se mordió el labio inferior y se inclinó sobre él, bajando su mano por el pecho desnudo del chico hasta llegar al borde de sus pantalones, acariciando su miembro por encima de la tela de la ropa interior tras desabrochárselos.

Demasiada tentación acumulada.

Pablo se levantó con fuerza e Irem se agarró a su cuello, clavando sin delicadeza sus uñas en él. Agarrándola de los muslos, la hizo caer sobre el colchón y, sin esperar, bajó por su cuello, dejando un rastro húmedo a su paso, mordió con fuerza uno de sus pechos y, en el instante en que Irem arqueó la espalda con un jadeo de dolor y placer, le quitó la larga tela que le cubría las infinitas piernas. Se deshizo de sus pantalones entre movimientos torpes y nerviosos mientras succionaba alternativamente los pezones de la chica.

Se percató de la fina prenda interior que tapaba la intimidad de la muchacha. Se mordió el labio inferior con fuerza tras separarse un poco, para mirarla. Irem alzó las piernas, colocándolas sobre los hombros de él. Pablo comenzó a quitárselas. Se oyó un suave rasgar de la tela cuando hizo demasiada fuerza, nervioso. La miró.
–Disc...

–Sh... – Le mandó callar. Con las piernas sobre los hombros de él, se incorporó y besó sus labios con ardor, para volver a reclinarse, desnuda sobre la cama, sosteniéndole la mirada. Lejos de tener las proporciones ideales impuestas por la sociedad, parecía una diosa griega entre las sábanas blancas. 

Se quitó sus bóxers, inclinándose sobre ella. Cerró los ojos unos instantes, para abrirlos, con los pezones erectos de ella rozando su pecho y sus manos, pequeñas y suaves, colocándole el preservativo. Pablo pasó sus manos por la cintura de ella y se aventuró con una hacia su entrepierna, notando la humedad y el calor. Haciéndola recostarse de nuevo, se situó sobre ella y besó sus labios. Irem le devolvió el beso y clavó sus dientes en el cuello moreno de él, mientras se movía, ansiosa, en busca de su cuerpo, rozando su sexo con el miembro erecto de él. Irem pasó ambas piernas sobre los hombros de él, mirándole; labios entreabiertos, despeinada y el deseo en los ojos. 

Con un movimiento rápido y brusco él entró en ella, haciéndola gemir de la sorpresa. Rápidamente sus movimientos se descompasaron. Él comenzaba a notar que le fallaban los brazos, e Irem le detuvo para cambiar posiciones de forma rápida, volviendo a penetrarse con el miembro de él al quedar arriba y empezando a moverse de forma casi frenética. Le tomó una mano y la dirigió a su clítoris, a lo que Pablo frotó con el pulgar con intensidad mientras observaba, excitado, el cuerpo brillante a la luz de las velas de Irem, moviéndose a aquel rápido compás. La música hacía rato que había dejado de sonar, y poco les importaba.

A esto ella no tardó en reaccionar. Los jadeos y la respiración acelerada se tornaron gemidos cada vez más altos, mientras él jadeaba de placer. Irem notaba su cuerpo ardiendo. Con una mano Pablo pellizcaba sus pezones mientras con la otra acariciaba con intensidad su clítoris. 

Se incorporó, mordiendo con fuerza uno de sus pechos mientras apretaba su cuerpo contra el suyo con ambos brazos. Los movimientos de Irem se volvieron más profundos y lentos, y apoyó las manos en los hombros de él, bajándolas por su espalda, dejando las marcas de sus uñas en ella. Fueron contadas las embestidas de la pelvis de él contra la de ella. Los gemidos eran cada vez más altos. Arqueó la espalda, dejando sus pezones a merced nuevamente de él, que los mordió con intensidad. Los gemidos nacían cada vez más elevados, hasta que, clavando las uñas en el cuello de él y él moviendo con fuerza el cuerpo de ella para penetrarla hasta el fondo, llegaron al orgasmo a la par.

Irem se dejó caer hacia detrás, aún con las piernas rodeando la cintura de él y con las manos de Pablo en su cintura y se quedó quieta, ojos cerrados y jadeando unos instantes. Al abrirlos, él la miraba expectante, con el pelo despeinado y sudoroso. Ella se incorporó levemente, sonriendo de medio lado, con una media sonrisa que auguraba que la noche sería larga y cargada de más excitación. Pablo, con las ojeras oscuras de noches de insomnio, no pudo sino observarla con los labios entreabiertos y volver a rozar su piel para notar el ardor de su amor.

Él, con sus ojeras y sus ojos oscuros, y ella, con su mirada ardiente y sus rizos salvajes.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Ellas.

Las miradas eran intensas cada vez que la mano de Sheila rozaba el muslo de Dimna con suavidad. Estaban en un luminoso salón, sentadas una al lado de la otra con los libros de estudio abiertos.
– Podríamos hacer una pausa. – Propuso Sheila, mordiéndose el labio inferior mientras se levantaba.

Dimna la miró casi con inocencia, pero se levantó también para ir tras su amiga, que había comenzado a caminar en dirección a su habitación. Cuando la primera llegó ahí Dimna se detuvo, aunque algo le empujó a entrar tras ella.

Una vez lo hizo Sheila cerró la puerta tras ella y rozó con la yema de los dedos su cintura, haciéndola girarse para mirarla, confundida. Estaba cerca; extremadamente cerca... Cada vez más. A los pocos segundos sus labios estaban rozando los de ella. Dimna cerró los ojos con fuerza y se olvidó de si misma, de su familia y absolutamente de todo; se abalanzó sobre los labios de Sheila y la besó con fuerza.

La ingenua Dimna, de cabellera larga, castaña clara y rizada, parecía haberse transformado. Su compañera de cabellera negra y curvas redondeadas había llevado sus manos a su cintura para pegar su cuerpo al propio.

La ropa fue cayendo lentamente. La castaña desabrochó con facilidad la blusa de Sheila y ésta, a su vez, dejó caer la falda blanca e inocente de su amiga, en medio de un frenético beso.

Tardaron poco en estar en ropa interior. Dimna, conjuntada en blanco puro, se separó levemente de Sheila, la cual llevaba un diminuto conjunto rojo pasión, para mirarla a los ojos. Una guerra se disputaba en su mirada. Venció la lujuria, que la llevó de nuevo a devorar los labios de la otra mientras sus manos buscaban frenéticamente el broche del sujetador.

Una vez lo hubo encontrado lo desabrochó torpemente, teniendo que usar las dos manos y separando sus labios de los ajenos. La morena aprovechó este momento para atacar el blanco cuello de Dimna, besándolo de forma húmeda y clavando sus dientes en él.

La muchacha de los rizos echó la cabeza hacia detrás, dejando caer el sostén de una vez por todas, y sin embargo, lejos de estarse quieta, y tras besar unos instantes sus labios, empezó a besar con excesiva suavidad su cuello, descendiendo hasta sus pechos. Miró desde ahí a Sheila, sosteniéndole la mirada mientras lamía la aureola de su pezón derecho, mordiéndolo después, de improvisto. Esto arrancó un gemido suave en labios de la muchacha del pelo negro.

Dimna comenzó a succionar, y observó, contrariada, cómo Sheila se apartaba de ella. Sin embargo ésta no se alejó demasiado, lo suficiente para quedar fuera de su alcance, pero alargar la mano para indicarle que se acercase a la amplia cama. Cuando se hubo sentado, Sheila apoyó un dedo entre sus pechos y, desabrochándole con maestría el sostén y liberando sus blancos senos, la hizo tumbarse.

Deslizándose sobre ella, mordisqueando su piel, llegó hasta el borde de la braguita blanca. Se detuvo en los marcados huesos de la cintura de su compañera antes de desnudarla por completo, comenzando a besar su intimidad. Abrió sus piernas, arrodillándose en el suelo frente a la cama, casi sin poder contener la avidez que la movía a lamer de arriba a abajo. Separó los labios exteriores con los dedos y buscó el clítoris, estimulándolo con lametones cortos y fuertes, haciendo jadear a Dimna.

Comenzó a aventurarse en el interior de su vagina con la lengua, excitándose a medida que su amiga respiraba más aceleradamente. Se detuvo unos instantes para mirarla; las manos arañaban las sábanas y tenía la cabeza echada hacia detrás, en los labios una expresión de placer.

Introdujo uno de sus dedos, después un segundo, moviéndolos a un cada vez más vertiginoso ritmo mientras succionaba sobre su clítoris con fuerza. Las manos de Dimna no se estuvieron quietas y pronto había hundido sus dedos en el cabello de su compañera y rodeado con sus piernas su cuello, para aproximarla más.

No quería que parase. Sus gemidos, brotando de aquella boca que había parecido antes ingenua e infantil, eran cada vez más elevados. Justo antes de llegar al orgasmo Sheila aprovechó para zafarse del agarre de la otra para acercarse a ella y robarle un suave beso, mirándose ambas de forma intensa.

Esta vez fue Dimna la que bajó la mano a la parte inferior de la ropa interior de Sheila. El diminuto tanga rojo fue recorrido sinuosamente por los finos dedos de la muchacha del cabello castaño, mientras su otra mano jugueteaba con los pezones de Sheila. La desnudó, mirándola a los ojos.

Buscó con el pulgar su clítoris, comenzando a masajearlo, notando el calor y la humedad que hacían patentes la excitación de aquella muchacha de curvas proporcionadas y más notables que las suyas. Ésta, a su vez, buscando con los labios los de Dimna introdujo sus dedos de golpe en ella, haciéndola gemir al llegar al fondo, y haciéndolo a más velocidad y con más fuerza cada vez, al oír los repetidos gemidos de ella.

Sheila aminoró algo la marcha cuando Dimna la penetró con dos dedos y comenzó a masturbarla a la par que excitaba su clítoris con el pulgar. Sus cuerpos estaban perlados del sudor y los labios de la muchacha de la cabellera negra se abrieron para dejar escapar un gemido de placer, tras el cual ambas comenzaron a moverse más rápido, buscando sus labios de forma frenética. Gemían la una en los labios de la otra, entre besos húmedos y mordiscos cada vez menos cuidadosos.

Sus cuerpos se estremecieron a la vez; Dimna gimió en voz de grito y Sheila aprovechó que ésta arqueó la espalda para inclinarse y morder uno de sus pechos, llegando juntas al clímax.
Se quedaron quietas, jadeando. Al mirarse, todo apuntaba a que querían repetir.



domingo, 22 de septiembre de 2013

La joven de las medias de lunares [Una introducción]

La joven de cabellos castaños, ondulados, estaba sentada en el extremo más oscuro de la barra de aquel bar. Llevaba una discreta vestimenta negra de manga larga, puesto que era invierno y hacía frío. Sus medias de lunares oscuros estilizaban esas piernas largas suyas aunque no llevase tacones, como las demás mujeres de aquel lugar, sino unas sencillas botas de estilo militar.

Su mirada había estado clavada en el fondo de su vaso de whisky, el cual seguía casi lleno, y sin embargo, algo le hizo alzar la mirada. Un hombre estaba silenciosamente sentado en un sillón de cuero a algunos metros. Sus ojos oscuros estaban fijos en ella...

No iba especialmente arreglado, con una camisa y unos vaqueros oscuros, pero había algo en su mirada que hizo que Sylvie se la sostuviese con la energía que la caracterizaba. Como si él hubiese estado esperando esa señal, se levantó con agilidad, sosteniendo en la mano una copa de vino, a diferencia de todos los demás habituales del bar, que bebían cerveza, y se acercó.

La joven no dejaba de observarle; llevaba barba de tres días y sus manos sostenían de forma firme y tranquila la copa. No pudo evitar imaginarse esas manos sosteniendo su cintura, mas desechó ese pensamiento de inmediato.

– Bonitas medias. – Le saludó él, sentándose a su lado, dando un sorbo a la copa tras realizar movimientos circulares con ella.

Sylvie bajó la mirada hacia sus muslos, mordiéndose el labio. Después frunció el ceño y musitó un 'gracias' mientras daba un largo trago al vaso de whisky, el cual le ardió en la garganta...

Unas horas después.


Thomas abrió la puerta de su pequeño apartamento en un edificio alto de la ciudad, aunque algo apartado del centro, y dejó a la chica esperándole en el salón. Se dirigió hacia el baño, y después pasó a la cocina para servir dos copas de vino blanco. Cuando volvió al salón, la chica estaba esperándole, vestida únicamente con la parte inferior de su ropa interior y las medias de lunares.

Se acercó a él con paso felino y la mirada clavada en sus oscuros ojos. El hombre apretó suavemente los labios para mantener la compostura. El cuerpo de ella era realmente hermoso: Proporcionado, con curvas suaves y sinuosas... ¡Y esa forma de andar! Cuando llegó a su lado, se alzó sobre las puntas de sus pies.

– Gracias, caballero. – Susurró, de forma insinuante, mientras tomaba una de las copas con delicadeza y se la llevaba a los labios. Después de catar el vino, dejó el recipiente sobre la mesita auxiliar y volvió a aproximarse a Thomas.

Sylvie le quitó lentamente la chaqueta mientras él permanecía inmóvil. Desabrochó hábilmente el nudo de la corbata mientras le miraba.

– Dame guerra. – Dijo.

Él no se hizo de rogar. Había aguantado demasiado tiempo quieto. Sus manos, seguras, recorrieron sus costados hasta su cintura y la tomaron con fuerza de ahí, aproximándola a él peligrosamente. 

– Desnúdate. – Pidió, casi en un gruñido, mientras la hacía retroceder, a la par que él avanzaba, en dirección a la ventana que daba a la concurrida calle de la ciudad.

Ella se mordió el labio con lascivia, y lentamente dejó caer la parte inferior de su ropa interior. Apoyándose en el marco de la ventana, se deshizo de las medias, que cayeron de forma silenciosa al suelo.